click analytics
RSS de entradas RSS de comentarios 54 entradas hasta ahora

Mi vida 2.0 (VII)

Séptima entrada de la serie, casi un mes y medio desde la última. Lo cierto es que los objetivos se han torcido ligeramente, pero todo sigue su curso.

¿Qué se ha torcido? Por ejemplo, lo de las notas era algo esperado, pero al 50%. Sin embargo, es un reto que pone a un servidor con los mismísimos de corbata y que supone estar todo el veranito haciendo lo que no he hecho durante el año.

A raíz de eso he decepcionado a alguna que otra persona, aunque quizá fuera lo mejor; me explico. Una persona que mantiene una muy buena relación contigo (aka ¿amigo?), alguien que te tendría que apoyar en los momentos complicados, echar un cable… parece que el aprobar o no aprobar era lo que sujetaba el fino hilo de esa supuesta amistad.

Pero ojo, que yo también he tenido mis desilusiones. Una reciente, con otra persona, en la que he descubierto ciertas características (relacionadas con la personalidad, no con los estudios :-P) que no concordaban con la idea principal que tenía.

En realidad, era una persona en la que empezaba a confiar, pero con cierta distancia, que servidor es perro viejo ya. Afortunadamente, esa experiencia que traigo desde más atrás me sirvió para poder tener una colchoneta en el vacío, y poder sentir apenas unas magulladuras. También influirá que me tiro desde un segundo piso, y no desde un octavo, digo yo.

Apartando ese tipo de desilusiones, que ya empiezan a ser cansinas, hay algo que me sube muchísimo el ego, y es que haya lectores que no sólo comenten (eso también contribuye en grandes cantidades), si no que luego te hablen por IM o algunos incluso te llamen para comentar entradas.

Eso es algo que pocas veces me había encontrado blogueando anteriormente. However, este blog no se actualiza con demasiada frecuencia y últimamente estoy bajando demasiado el listón, quedándome estancado en algunos temas.

Escribir o no escribir depende de la inspiración, verdad absoluta (quitando cutre-entradas). Así que quizá alguien podría proponer algún tema interesante del que hablar, que yo me comprometo a escribir sobre ello de la mejor manera que sé.

Volviendo a la realidad… me temo que necesito seguir matando árboles para entregar varios cientos de folios para septiembre. Así que me pongo a ello.

Anécdota en el Metro de Madrid

Salgo de casa con las orejas tapadas con los cascos del MP4, para entrar en el Metro, desde la estación de Artilleros, como siempre.

Saco el billete y entro, paciente, pues me toca esperar al tren en la vía y no parece que hoy sea breve. Nada fuera de lo normal, y menos para otras cuántas personas que estaban dando pasos hacia ninguna parte al lado mío.

Me subo al vagón, apoyado en mi esquina habitual, aquella en donde las puertas no se abren (o no suelen hacerlo), escuchando música con volumen bajo y mirando al techo, desconectado del mundo.

De repente, alguien toca mi hombro. Me quito los cascos, y veo a un adolescente de mi edad, algo bajo, regordete, gafas y con un jersey rojo, combinado con unos vaqueros. Su cara reflejaba algún tipo de deficiencia mental.

(Levanto las cejas, expresando pregunta)
- Choca.
- ¿Perdón?
- ¡Choca! - me decía, extendiendo la mano -.

Después de salir del asombro, vi que tan sólo quería chocar la mano. ¿Qué mal podría causar eso? Así que saqué la mano derecha del bolsillo, choqué:

- ¿Y bien?
- ¡No, así no! Con la mano más abierta, así - mostrándomela de nuevo -.
- ¿Así?
- No, más.
- Pues yo no puedo más.

Expresando el descontento, hacemos efectivo el segundo.

- La otra, la otra.
- ¿La otra? Venga, va.

Plas. Esta vez, eliminando el gesto lánguido de su cara, pero manteniéndose serio, levantó el pulgar a modo de “lo has hecho bien”. Sonreí.

No le presté más atención, así que volví a escuchar tranquilamente mi música. Sin embargo, el protagonista no estaba contento con eso, por lo que fue pasajero por pasajero, sin importarle lo que estuvieran haciendo, para que le extendieran su mano. Pero sólo una vez, y no dos. Ante la negativa de algunos, no le importó pasar al siguiente para que lo hiciera.

Después de terminar la ronda, paseando punta por punta del vagón en dos ocasiones, ignorando a los que ya le habían seguido su juego, pensé que decidiría abandonarnos. Me asombro otra vez al ver que empieza a pedirlo a las nuevas personas que se van incorporando.

Yo me tenía que bajar en Sainz de Baranda, para coger el transbordo, mientras que él se quedó allí dentro, “chocando la mano”. Pero lo verdaderamente destacable es que a todos los que íbamos allí nos arrancó una sonrisa durante el trayecto.

La pregunta es… ¿en qué estaría pensando este muchacho? ¿Nos estaría tomando a todos por colegas? Porque es una mentalidad cojonuda, aunque algo utópica, pero si de algo estoy seguro que tendríamos que aprender algo de todo esto. Quizá, que deberíamos de ser más abiertos con el mundo, más generosos con nuestros sentimientos (por aquellos que se negaron a darle 10 segundos de su ocupada vida), qué se yo.

Eso sí, me encantaría volver a encontrármelo y hacer una foto en el momento cumbre, donde se juntan las manos, las personas que están alrededor sonríen y, al rato, giran su cabeza hacia los periódicos para introducirse de nuevo en su burbuja. O jugar a la consola portátil. O leer.

O simplemente, escuchar música.

Personas multifacéticas

Todos tenemos necesidad de, al menos, tener dos personalidades que mostrar a según qué gente; el que no lo reconoce, está demostrando que tiene una(s) más.

Un ejemplo muy común: salvo excepciones, nos mostramos ante nuestros superiores — ya sea jefe, profesor… — con la actitud más correcta posible ex profeso.

Algo completamente normal, si queremos dar una buena imagen y ser el estudiante/trabajador ejemplar. Unos lo llevan al extremo, mientras que otros se limitan a la medida justa.

El problema comienza cuando una misma persona tiene tantas caras que no la reconoces en cuanto la mueves un metro de su entorno habitual. Los hay que presumen de lo que no tienen, los que lo hacen con lo único que les sobra, los que únicamente se dedican a dar buena apariencia la primera vez y después ahí te apañes…

Aquellas personas son las que tienen problemas de autoestima. Nunca se muestran como realmente son, si no que están detrás de un sólido muro de cemento que, tarde o temprano, acaba derrumbándose.

Todo esto lo cuento desde las experiencias que he vivido. Una persona con la que hablas todos los días en el MundoReal™ y que es relativamente simpática, en Internet puede ser desastrosa. Aunque generalmente se da al revés: una persona que conoces por Internet con la que parece que conectas, en la realidad, no se acerca lo más mínimo a lo que en un principio te había parecido. También hay casos en los que la persona coincide al 100% (y los hay, porque los he conocido).

Esto demuestra, una vez más, que no hay que fiarse de las apariencias, ni para bien ni para mal. Tampoco hay que intentar cambiar a estas personas, pues es un trabajo inútil y, a la vez, te están enseñando su personalidad victimista.

El tiempo pone las cosas en su sitio. Y cuánta razón tiene la dichosa frase.