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De malos tratos e impotencia

Martes, agosto 24th, 2010

Hoy, unos amigos y yo volvíamos de una buena caminata practicando la noble actividad del geocaching cuando, pasando por la gran avenida de nuestro barrio, nos encontramos con una mujer que claramente estaba discutiendo con, presuntamente, su chico. Él llevaba un bolso del hombro, que evidentemente era de su chica.

En un principio todo parecía indicar a un robo, o a un vacile poco violento. Hasta que la chica empezó a sollozar pidiéndole que, por favor, le devolviera su bolso y le dejase ir para coger un taxi. Nada más lejos de la realidad, el hombre no sólo no le devolvió el bolso, si no que hubo una trifulca entre la chica, que intentaba recuperarlo y el chico, que abusaba de su posición para mantenerlo en su hombro.

En realidad ya nos habíamos separado para ir a nuestras respectivas casas, cuando veo el panorama y me vuelvo al grupo, para ver cómo se desarrolla la discusión y si hay posibilidad de pararlo. Al rato, empezamos a movernos para no intentar avivar la situación, pero la chica empieza a caminar hacia nuestra posición indirectamente. Al menos, que hubiera alguien que lo estuviera viendo. El hombre ni siquiera reaccionó ante nuestra presencia, es más, sonreía.

No contento con esto, le cogió del brazo violentamente y se la intentó llevar a su casa. Ella insistió que no quería, pero seguía forzándola, con la intención (supongo) de que finalmente “accediera”, y entendemos por acceder… sentirse forzada. Ante esta situación, no tuve más remedio que llamar al 112, explicar la situación y pedir asistencia.

A pesar de que el hombre vio como llamábamos e incluso algún vecino le dijo que la dejase, como si nada, cogió a la chica, se la echó al hombro y tiró calzada arriba hacia su casa. Realmente nos preguntamos si debíamos intervenir (éramos clara superioridad numérica, cinco), pero otras experiencias nos recuerdan que tomar la justicia por tu mano no llevan a ningún sitio, y sólo te dan problemas (legales y de otra índole), así que me limité a dar un segundo aviso, mientras que la chica se alejaba cada vez más con él.

A los tres o cuatro minutos, aparecieron dos coches (dos agentes-oficiales + dos (sub)inspectores) e instantáneamente soltó a la chica. Los agentes separaron la trifulca, e hicieron sus comprobaciones rutinarias. Lo cierto es que estoy omitiendo que me hervía la sangre: empecé a gritar y a llamarle de todo. Supongo que cualquiera que se irrite pronto con estas cosas hubiera hecho lo mismo… aunque eso no tiene demasiada importancia ahora.

Mientras le pedían que dejase todas sus cosas encima del coche (indicar de nuevo que el tío actuaba como si fuera completamente normal), la chica estaba llorando, clara evidencia de que algo estaba pasando, demostrando inmediatamente a la autoridad que nadie se había inventado nada. Sin embargo, yo ya tenía en mente el diálogo, y fue lo que ocurrió:

Agente: ¿Qué ha ocurrido?
Chica: (Entre sollozos) Es que estoy un poco ebria y claro, él quería llevarme a su casa, pero agente, no me pegó, no me pegó, tan sólo quería invitarme a su casa.
Agente: Y si ha pasado eso, ¿por qué estás llorando?
Chica: Es que… me pongo muy nerviosa… porque no quiero que se lo lleven… por favor…

El chico pensaba lo mismo. Con este panorama, el agente sólo nos dijo lo que ya nos podíamos imaginar: no se puede hacer nada.

Agente: Si la agredida no denuncia, no podemos hacer absolutamente nada. Sé que es completamente injusto, pero es lo único que podemos hacer.
Yo: ¿Y al menos le pediréis la documentación o algo?
Agente: Sí, es lo que estamos haciendo. Pero lo que va a pasar es que al final van a dormir juntos, ya lo veréis.

En realidad, tampoco me sentí sorprendido… ¿cuántas veces lo habremos oído/visto ya? Sin embargo, no es lo mismo cuando lo ves en directo y ves como puede no ocurrirle nada y que, por eso mismo, el agresor actúa con total tranquilidad por la impunidad que sabe de antemano que tiene.

Lo cierto es que no sé si denunciaría o no, pero a la vuelta pude ver como otro coche de policía (el tercero ya), típico zeta para patrullar y llevar detenidos, hacía acto de presencia. Aunque no creo que denunciase, me parece extraño ya que no se puede retener a una persona (corregidme si me equivoco, que es posible y probable) si no existe denuncia o hecho explícito, como una agresión física, y que los agentes lo hubieran presenciado, que en ese caso se puede retener hasta 72h al agresor mientras se resuelven las diligencias, pasando a disposición judicial o no.

Luego nos impresionaremos de las agresiones (por desgracia, bastantes son mortales) que muchas parejas sufren, pero la realidad es que sus miembros (no diré mujeres porque no son las únicas) no denuncian, y no es algo que no se sepa. Así empieza todo, y acaba como acaba… por favor, especialmente mujeres, DENUNCIAD y parad el abuso.

Sólo espero, iluso de mí, que la chica haya denunciado y que si el “hombre” no es capaz de serlo, que se lo enseñen donde todos sabemos.

Y así, es como cierra otra noche en la gran ciudad.

Randomness (II)

Sábado, marzo 21st, 2009

Si no fuera poco el hecho de quedarme sin trabajo, la arrendataria nos exigía el alquiler por métodos poco sutiles. Por un momento me vi arrastrado por el sumidero, ya que mi compañero de piso estaba aún peor que yo: no tenía trabajo desde hace dos meses. Y eso, quieras que no, no es buena compañía cuando compartes gastos.

- ¡¡¡Eh, baja esa puta música!!!

Ese era el grito del de abajo, golpeando la puerta con tanta fuerza que parecía que se venía abajo. Mi compañero de piso era, además de vago, un ser bastante insoportable.

- Ya está el tocapelotas de turno. Si está amargado no es mi culpa, yo pongo la música al volumen que me da la gana. Sólo son las nueve de la mañana, es una jodida hora legal. Soy libre de hacerlo.

Equivocaba libertad con libertinaje. O quizá ese verbo no es el correcto, pues lo hacía sólo cuando le convenía. El problema no era ese, si no que no había dinero en casa y llevábamos casi tres meses de retraso desde que perdí el empleo.

No he estado parado desde entonces, al menos no en el sentido literal de la palabra. Casi todos los días de la semana he tenido que levantarme temprano, ducharme, afeitarme, coger el metro, recordar alergias y ser entrevistado una vez tras otra.

“Ya le llamaremos”. Harto de esa frase y de que nunca se cumpliera, vi como las posibilidades se reducían aún más cuando cortaban el teléfono de casa por impago. No utilizo móvil, siempre lo vi como un gasto enorme.

En mi vida he trabajo en dos ocasiones. La primera fue un completo desastre: rompí un diente a mi jefe, fui multado y fichado por el CNP; por supuesto, también fui despedido. La segunda ya la conocéis. Estaba claro que no estaba hecho para trabajos en los que requirieran aguantar presiones algo por encima de lo normal.

Claramente, con estos requisitos tan especiales, estaba desperdiciando un alto porcentaje de trabajos. Así que me planteé volver a estudiar: el Bachiller nunca me llegó y el enchufe no es eterno. Menos con mi desastroso historial.

Perdí mi piso, perdí mi compañero de piso (lo cuál me alivió bastante) y volví a casa de mis padres. No pusieron pegas para volver a hacerme sitio, solo que tendría que pasarles la mitad del sueldo que me daba el poco paro que me quedaba. Y plantearme una nueva meta: la universidad.

En realidad, no era tan nueva. Me quedaban un par de años para acabar la carrera que nunca terminé, pero siempre tuve miedo a hacerlo y me lancé a por el trabajo fácil. Supongo que ahora es el momento de retomarlo. O eso, o verme en la calle. Con veintipocos.

(…)

Continuación de la primera parte

Randomness (I)

Jueves, marzo 19th, 2009

Eran demasiadas horas en el metro, de una punta a otra de Madrid. No era algo entretenido para nadie, pero había que hacerlo. Porque es lo que te ha tocado hacer, y no hay alternativa aparente.

Otro día más allí, sentado y acurrucado entre un grupo de gente desconocida que despiertan distintos sentidos: la vista, para esas mujeres que llaman la atención; el oído, para aquellos adolescentes extravagantes con sus móviles a todo volumen; el tacto, para esos roces tan comunes; el olfato, para aquellos alérgicos al desodorante; o el gusto, por aquel que te mete la esquina de su periódico en la boca.

- Qué hay… lo de siempre.
- Presto.

El típico bar en el intercambiador de siempre, ese sillín redondo y la espera a que llegue tu ración de bebida con sus correspondientes churros es lo necesario para seguir con la mierda de día que espera.

- ¿Cómo va todo?
- Hijo, las cosas no están fáciles. Los que pedían mucho ahora piden la mitad, y los que pedían la mitad ya no piden. Ay, este puto Gobierno que regala nuestro dinero a los bancos y se denomina socialista… sí, para socializar las pérdidas, ¡manda cojones!
- Sí, la verdad es que…
- Voy a atender a ese, la anterior semana vino ya tres veces y tiene pinta de maricón.

Sería absurdo reprocharle lo que es evidente, así que un vistazo rápido a los titulares y las monedas caen sobre el plato. Una vez comprobadas las pertenencias, llega el momento de seguir viajando.

Una reunión banquera con generosos canapés. Asesorar a los catetos de turno sobre términos que suenan muy modernos y que probablemente no vayan a utilizar en su vida, pero es obligación que reciban esos cursos o que, al menos, conste que los han recibido. Esa es la primera tarea asignada.

De nuevo en el metro. Vuelve a estropearse y hay un desalojo más. El tercero en la misma semana, lo mejor es tomárselo con humor.

- La puta Aguirre, el Gallardón y la madre que los parió – decía un hombre trajeado -.
- Pero tranquilícese, hombre.
- Que no coño, que nos han subido el billete en plena crisis y nos dan un servicio de mierda, cojones.

Diez minutos después, llega otro tren cargando de viajeros. Nadie se molestaba en calcular si habría espacio físico o no para entrar, únicamente se centraban en llegar a su destino. Los sentidos se potencian de nuevo, especialmente el del olor y el tacto; el de la vista únicamente es necesario para mirar el reloj cada treinta segundos y ver que, por alguna extraña razón, el tiempo corre excesivamente rápido, más de lo que tú quisieras. Probablemente la reunión de las doce y media sea la culpable: faltan diez minutos y quedan seis estaciones.

Es cierto que cuando vamos en un servicio de transporte público, la mente también viaja. Se piensa en la alergia al desodorante, en el próximo desalojo o sencillamente en intentar vivir en una isla desierta durante unos minutos. Es curioso observar que la inercia entra en juego en los citados intercambiadores del metro; hoy quizá no, pero generalmente suelo ser previsor y llego con tiempo a los sitios. Aun dándose esta situación, si la gente de alrededor camina rápido, tú también lo harás. Si se estresan, les acompañarás. Si sudan, te secarás.

La reunión fue un desastre: llegar tarde al compromiso, despeinado y con manchas en la camisa fue un motivo de discusión con el jefe. Después de esto, cogió su BMW comprado esta misma semana y se fue. Fue uno de los rapapolvos más grandes en dos años y medio trabajando. Quizá no estaba hecho para aguantar esto y necesitaba perpetuar un cambio.

(…)

Anécdota en el Metro de Madrid

Viernes, mayo 30th, 2008

Salgo de casa con las orejas tapadas con los cascos del MP4, para entrar en el Metro, desde la estación de Artilleros, como siempre.

Saco el billete y entro, paciente, pues me toca esperar al tren en la vía y no parece que hoy sea breve. Nada fuera de lo normal, y menos para otras cuántas personas que estaban dando pasos hacia ninguna parte al lado mío.

Me subo al vagón, apoyado en mi esquina habitual, aquella en donde las puertas no se abren (o no suelen hacerlo), escuchando música con volumen bajo y mirando al techo, desconectado del mundo.

De repente, alguien toca mi hombro. Me quito los cascos, y veo a un adolescente de mi edad, algo bajo, regordete, gafas y con un jersey rojo, combinado con unos vaqueros. Su cara reflejaba algún tipo de deficiencia mental.

(Levanto las cejas, expresando pregunta)
- Choca.
- ¿Perdón?
- ¡Choca! – me decía, extendiendo la mano -.

Después de salir del asombro, vi que tan sólo quería chocar la mano. ¿Qué mal podría causar eso? Así que saqué la mano derecha del bolsillo, choqué:

- ¿Y bien?
- ¡No, así no! Con la mano más abierta, así – mostrándomela de nuevo -.
- ¿Así?
- No, más.
- Pues yo no puedo más.

Expresando el descontento, hacemos efectivo el segundo.

- La otra, la otra.
- ¿La otra? Venga, va.

Plas. Esta vez, eliminando el gesto lánguido de su cara, pero manteniéndose serio, levantó el pulgar a modo de “lo has hecho bien”. Sonreí.

No le presté más atención, así que volví a escuchar tranquilamente mi música. Sin embargo, el protagonista no estaba contento con eso, por lo que fue pasajero por pasajero, sin importarle lo que estuvieran haciendo, para que le extendieran su mano. Pero sólo una vez, y no dos. Ante la negativa de algunos, no le importó pasar al siguiente para que lo hiciera.

Después de terminar la ronda, paseando punta por punta del vagón en dos ocasiones, ignorando a los que ya le habían seguido su juego, pensé que decidiría abandonarnos. Me asombro otra vez al ver que empieza a pedirlo a las nuevas personas que se van incorporando.

Yo me tenía que bajar en Sainz de Baranda, para coger el transbordo, mientras que él se quedó allí dentro, “chocando la mano”. Pero lo verdaderamente destacable es que a todos los que íbamos allí nos arrancó una sonrisa durante el trayecto.

La pregunta es… ¿en qué estaría pensando este muchacho? ¿Nos estaría tomando a todos por colegas? Porque es una mentalidad cojonuda, aunque algo utópica, pero si de algo estoy seguro que tendríamos que aprender algo de todo esto. Quizá, que deberíamos de ser más abiertos con el mundo, más generosos con nuestros sentimientos (por aquellos que se negaron a darle 10 segundos de su ocupada vida), qué se yo.

Eso sí, me encantaría volver a encontrármelo y hacer una foto en el momento cumbre, donde se juntan las manos, las personas que están alrededor sonríen y, al rato, giran su cabeza hacia los periódicos para introducirse de nuevo en su burbuja. O jugar a la consola portátil. O leer.

O simplemente, escuchar música.